sábado, julio 23, 2005

De aquél cetáceo al muelle de mi memoria...

Debo de haber tenido unos tres o cuatro años la primera vez que me subí y aún recuerdo nítidamente la emoción de sentirme diminuta al lado de ella. Entonces no sabía quien era Jonás ni de que privilegios habría gozado él para ser engullido por una de ellas, yo sólo recuerdo la certeza de mi ambición; Convertirme en el desayuno de aquél cetáceo metálico que además prometía llevarme a la isla donde mis abuelos alguna vez criaron delfines.

La ballena de acero, nos engulló uno a uno en el orden en que aparecimos en el embarcadero y cuando terminó con su desayuno liberó las amarras del muelle para navegar a la deriva. El viaje, más que corto fue suficientemente largo para que mis ojos perdieran de vista la tierra firme y se extraviaran entre los azules que dibujan el horizonte.

Recuerdo que a la mitad del camino una manada de delfines acaparó la atención de mis acompañantes y recuerdo también pedirle a mi padre que fuera conmigo al lado contrario del barco a donde nadie dedicaba sus miradas; Papá, que no es fan de las multitudes, me hizo caso y me levantó en brazos para llevarme al otro lado.

Durante un rato solo descansamos la mirada entre los azules agitados y los blancos luminosos del oleaje, de pronto, los azules se mezclaron con rojos y naranjas transparentes que terminaron por salir del agua en destellos amarillos y violetas; Miles de peces brincaban unos encima de otros y nadando en espirales, frente a nuestra mirada perpleja, atraían el vuelo de las gaviotas hacia nosotros.

Hoy intento reconstruir los colores de las escamas fragmentándose en mis pupilas, aunque debo decir que en aquel momento la memoria de mis ojos tenía una gama de colores más extensa y sorprendente de la que tiene ahora. Mi padre me reveló el secreto del agua salada, me dijo que si aprendía a nadar bajo la superficie sería capaz de teñir mi piel con aquellas tonalidades así como las sirenas alteran la tintura de sus escamas cuando se bañan coqueteando con los azules de la superficie. Con aquella confidencia no pude más que pedirle a mi madre que ella también aprendiera a nadar para que cambiáramos juntas de color bajo las olas; ella sonrió y me dijo que aprenderíamos juntas.

Más tarde una de las puntas de la isla descubrió la silueta del muelle de Santa Catalina, aquel embarcadero es el primer lugar al que recuerdo haber llegado por mar. Hay una leyenda Celta que dice que cuando nacemos llegamos al mundo montados en una ballena, aquel viaje sería entonces como mi llegada al mundo de los recuerdos familiares de los que tengo memoria.

Nuestra cetáceo metálico al fin llegó a puerto, las amarras se sujetaron, los pasajeros bajamos a tierra sin titubeos y ella prometió regresar a buscarnos al atardecer; a mi corta edad no me detuve a dudar de la promesa del mamífero de acero y pisé gustosa el puerto, sin considerar siquiera la posibilidad de que ella no regresara...

Ahora, a mis veintiséis años, sigo confiando en las promesas de las ballenas y aún tengo como vicio fantasear con la idea de transformar la tonalidad de mi piel cuando me sumerjo bajo el agua salada...Hoy, he decidido cambiar la fantasía para imaginar que en mi cuerpo también hay un muelle, pero esta vez quiero que tú me cuentes el secreto; no me atrevo a definir a solas el lugar de mi anatomía en el que estaría mi embarcadero y cuando te lo pregunto tú me dices sin dudar que en mi cuerpo el puerto serían mis ojos o mi cuello... yo, curiosa como soy, te pido detalles...

Dices que mis ojos son como un fin, una llegada, Ítaca, un descanso y en cambio mi cuello es un lugar ideal para tenerme abrazada, así, de cerquita, y depositar de cuando en cuando ofrendas en forma de besos...

Siguiendo entonces la misma línea, me atreveré a prolongar la construcción hasta mi pecho; ahí podrás dormir escuchando mis latidos como se escucha el golpeteo de las olas bajo las maderas húmedas de lo embarcaderos... Y es que debo confesarte que la cadencia de las caricias del agua salada sobre los cascos metálicos invariablemente me recuerda los matices de mis fantasías de infancia y las texturas de los sueños de cama en los que consigo que sujetes tus amarras a mi cuerpo...


Dedicado a MariaRosa, El tío Joe y Ghalius quienes cumplen un año
con el muelle 66 este próximo agosto.

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