lunes, enero 17, 2005

La casa en el aire

De niña antes de dormir procuraba cubrirme la cabeza con la sábana para crear la ilusión de un mundo aparte, un espacio paralelo a la realidad en el que no existían las pesadillas ni los personajes que las construyen; aquél pequeño ritual era suficiente para dormirme con tranquilidad, pero no siempre suficiente para una pacífica experiencia onírica.

Durante el sueño a menudo aparecía algún vampiro entrometido o alguna bruja desquiciada que terminaba por trastornar mi descanso. Me despertaba gritando y le pedía a mis padres que me llevaran a su dormitorio.

Los personajes malvados jamás se meterían conmigo en la cama de mis padres, la base de operaciones para las pesadillas siempre era mi almohada, los malditos entrometidos eran pequeños y se metían bajo mis parpados para torturarme mientras dormía.

Mi cuerpo se fue haciendo mayor y con el fueron creciendo mis miedos; lo que al principio sólo habitaba de noche y bajo a mi almohada comenzó a aparece con diferentes matices, entre las sombras y en algunos objetos, lugares o incluso personas.

Uno de los miedos más difícil de afrontar fue el del terremoto; a partir de ahí comenzó mi fantasía de poseer una casa en el aire. Pasaba horas entre mis colores y mis cuadernos imaginando lo segura que sería mi casa sobre una nube en caso de que a la tierra en algún momento le diera por resquebrajarse de nuevo, además de que a esa altura tampoco habría personajes malévolos maquinando fantasías oscuras para mis horas de sueño.

En tierra firme parecía que todo el mundo anhelaba ir al cielo en algún momento; si yo conseguía mi hogar celeste, ese proceso sería más sencillo aun para mí, (no terminaba de entender como la gente prefería vivir en la tierra y soñar con el cielo, qué no sería mejor al revés…).

Tiempo después las pesadillas se aminoraron, el terremoto no se repitió y la luz del baño desvaneció las sombras que me amenazaban. Tuve tiempo de soñar y de jugar sin miedos. Me gustaba imaginar lo que sería cuando fuera mayor.

Hoy en día ya no se a que juegan los niños, al menos en mi tiempo la mayoría de las niñas jugaban con muñecas, disfrutaban con gran placer el juego de “la casita”; recuerdo niñas discutiendo por ser la madre de un muñeco o la esposa de algún incauto que se dejaba atrapar para esos juegos; alguna vez jugué con desgano a ser la hija o la hermana de alguien. Por supuesto que el día que el juego de “la casita” se cambió por el del Dr, no me puse moñuda y me integré gustosa al grupo; era el momento de esfumar las dudas que los adultos nunca resolverían con claridad.

Mi tendencia más constante era la de disolverme en el mundo de los adultos para jugar a ser una de ellos; durante años lo logré con éxito. Entre la curiosidad que a ellos les provocaba la pequeña niña adulta y la satisfacción que a mi me daba jugar su sueño me olvide del mundo en el que me correspondía estar; el mundo de los niños. El tiempo pasó y nos hicimos mayores.

En la universidad dejé de jugar a ser adulta; descubrí la otra cara del juego y aprendí a gozar el juego de ser niña mientras se es adulta. Cuando terminé la carrera pensé que el siguiente juego llegaría sólo y sin dolor. Despreocupada comencé a esperar; el tiempo terminó por escurrirse y los miedos comenzaron a mojarme los pies, la inseguridad acabó por recordarme la guarida celeste y sin más huí a la casa en las nubes para evitar el mundo.

¿Y ahora que?, Jugar al Dr. o la casita ya no disipaba ni los miedos ni las dudas, la sábana en la cabeza tampoco ayudaba y llevaba meses sin poner un pie fuera de mi nube; créanme que es fácil ignorar el mundo si te pierdes en la comodidad de una nube.

Hoy hacía calor dentro de la casa, así que salí a pasear un rato por el horizonte; un descuido y me caí de la nube; tuve suerte y un vuelo comercial pasaba por ahí a esa hora. Las azafatas fueron amables y me cedieron un lugar dentro del avión, el piloto me invitó a ver el aterrizaje desde la cabina mientras me daba un par de consejos sobre como tocar tierra evitando la turbulencia; lo escuché con atención mientras recordaba aquél sueño de infancia en el que yo quería pilotear un avión y conocer el mundo…

¡Hay que ver lo que se puede tardar una en recordar un sueño y retomar el juego!

4 comentarios:

NOlo dijo...

Ahhh, que alegre, yo quiero una casita en el cielo tambien ._.

ahi a ver cuando me invitas a la tuya, has de tener retebonita vista :p

ioPasita dijo...

Pues yo pongo mi casa en el cielo de Ninguna Parte... :D
Besos

e. dijo...

Como siempre, me fascina.
Y parafraseando al Guasón:
'¿De dónde sacas esas maravillosas imágenes?"
muchos saludos

Khaarif dijo...

Mis dos peores pesadillas de niño:

caer
el tsunami

Jack London me enseñó a ver en la pesadilla de caer un fantástico sueño atávico... el tsunami es peor de lo que jamás pude haber soñado.