De niña antes de dormir procuraba cubrirme la cabeza con la sábana para crear la ilusión de un mundo aparte, un espacio paralelo a la realidad en el que no existían las pesadillas ni los personajes que las construyen; aquél pequeño ritual era suficiente para dormirme con tranquilidad, pero no siempre suficiente para una pacífica experiencia onírica.
Durante el sueño a menudo aparecía algún vampiro entrometido o alguna bruja desquiciada que terminaba por trastornar mi descanso. Me despertaba gritando y le pedía a mis padres que me llevaran a su dormitorio.
Tiempo después las pesadillas se aminoraron, el terremoto no se repitió y la luz del baño desvaneció las sombras que me amenazaban. Tuve tiempo de soñar y de jugar sin miedos. Me gustaba imaginar lo que sería cuando fuera mayor.
Hoy en día ya no se a que juegan los niños, al menos en mi tiempo la mayoría de las niñas jugaban con muñecas, disfrutaban con gran placer el juego de “la casita”; recuerdo niñas discutiendo por ser la madre de un muñeco o la esposa de algún incauto que se dejaba atrapar para esos juegos; alguna vez jugué con desgano a ser la hija o la hermana de alguien. Por supuesto que el día que el juego de “la casita” se cambió por el del Dr, no me puse moñuda y me integré gustosa al grupo; era el momento de esfumar las dudas que los adultos nunca resolverían con claridad.
Mi tendencia más constante era la de disolverme en el mundo de los adultos para jugar a ser una de ellos; durante años lo logré con éxito. Entre la curiosidad que a ellos les provocaba la pequeña niña adulta y la satisfacción que a mi me daba jugar su sueño me olvide del mundo en el que me correspondía estar; el mundo de los niños. El tiempo pasó y nos hicimos mayores.
En la universidad dejé de jugar a ser adulta; descubrí la otra cara del juego y aprendí a gozar el juego de ser niña mientras se es adulta. Cuando terminé la carrera pensé que el siguiente juego llegaría sólo y sin dolor. Despreocupada comencé a esperar; el tiempo terminó por escurrirse y los miedos comenzaron a mojarme los pies, la inseguridad acabó por recordarme la guarida celeste y sin más huí a la casa en las nubes para evitar el mundo.


¡Hay que ver lo que se puede tardar una en recordar un sueño y retomar el juego!
4 comentarios:
Ahhh, que alegre, yo quiero una casita en el cielo tambien ._.
ahi a ver cuando me invitas a la tuya, has de tener retebonita vista :p
Pues yo pongo mi casa en el cielo de Ninguna Parte... :D
Besos
Como siempre, me fascina.
Y parafraseando al Guasón:
'¿De dónde sacas esas maravillosas imágenes?"
muchos saludos
Mis dos peores pesadillas de niño:
caer
el tsunami
Jack London me enseñó a ver en la pesadilla de caer un fantástico sueño atávico... el tsunami es peor de lo que jamás pude haber soñado.
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